Santa Ana, Quien Fue, Oraciones Y Celebracion

Santa Ana

Santa Ana y San Joaquín, ambos descendientes del rey David, y que se convertirían en los padres de la Santísima Virgen María, fueron preparados y creados por decreto especial según el corazón de Dios. Al hacerlo, dotó a María de una ascendencia noble y real de la que debía descender, y la seleccionó para sus santísimos padres, porque no hay duda de que, si en cualquier parte del mundo existieran padres mejores y más aptos, el Todopoderoso los habría seleccionado para ella, que sería la elegida por Dios como su Santa e Inmaculada Madre.

¿Quién fue santa Ana?

La más afortunada Santa Ana tenía una casa en Belén y era una doncella muy pura, humilde y hermosa. Desde su infancia llevó una vida muy virtuosa, santa y retirada, disfrutando de una gran y continua iluminación en la contemplación exaltada. Fue muy diligente y trabajadora, alcanzando así la perfección tanto en la vida activa como en la vida contemplativa. Ella tenía un conocimiento infundido de las Escrituras divinas y una profunda comprensión de sus misterios y sacramentos ocultos.

Santa Ana

En las virtudes infundidas de la fe, la esperanza y el amor ella era inigualable. Equipada con todos estos dones, continuó orando por la venida del Mesías. Sus oraciones eran tan aceptables para el Señor, que para ella sólo podía responder con las palabras del Esposo: “Has herido mi corazón con uno de los cabellos de tu cuello.” Por eso, sin duda, santa Ana ocupa un lugar destacado entre los santos del Antiguo Testamento, que por sus méritos apresuraron la llegada del Redentor.

Oraciones realizadas por Santa Ana

Santa Ana oró por un esposo digno al mismo tiempo que San Joaquín oró por una buena esposa. Dios dispuso que se unieran en matrimonio y se convirtieran en los padres de ella, que iba a ser la madre del Dios encarnado. San Gabriel fue enviado a Santa Ana para informarle, diciendo: “El Altísimo te bendiga, siervo de Dios, y sea tu salvación.

Su Majestad ha escuchado sus peticiones y desea que usted persevere en ellas y que continúe clamando por la llegada del Redentor. Su voluntad es que aceptes a Joaquín como tu esposo, porque él es un hombre de corazón honesto y agradable al Señor. Camina por los senderos rectos de la justicia y que la conversación de tu alma sea en el cielo. Continúa orando por el Mesías, goza en el Señor, que es tu salvación.”

El Señor anticipó a la santa patrona Ana con las bendiciones de su dulzura, dándole las gracias más exaltadas y la ciencia infusa, que la preparó para el feliz destino de convertirse en su madre, que iba a ser la Madre de Dios misma. Como las obras de Dios son perfectas y consagradas, era natural esperar que Él la hiciera una madre digna de la criatura más pura, que fuera superior en santidad a todas las criaturas e inferior sólo a Dios.

Santa Ana oró con humilde sujeción y confianza. “Dios Altísimo, mi Señor, Creador y Preservador del universo, a quien mi alma venera como el Dios verdadero, ¡infinito, santo y eterno! Postrarme en tu presencia real hablaré, aunque no soy más que polvo y cenizas que proclaman mi necesidad y mi aflicción. Señor Dios increado, haznos dignos de tu bendición, y concédenos fruto sagrado, para que podamos ofrecerlo a tu servicio en el templo. Recuerda, Señor, que Ana, tu sierva, la madre de Samuel, era estéril y que por tu generosa misericordia recibió el cumplimiento de sus deseos.

Siento en mí un coraje que me incita y me anima a pedirte que me muestres la misma misericordia. Escucha, oh dulce Señor y Maestro, mi humilde súplica: acuérdate de los sacrificios, ofrendas y servicios de mis antepasados y de los favores que tu brazo todopoderoso hizo en ellos.

Deseo ofrecerte, oh Señor, una ofrenda agradable y aceptable a tus ojos; pero lo más grande en mi poder, es mi alma, mis facultades e inclinaciones dadas a Ti, y todo mi ser. Si me miras desde tu trono dándome tu palabra, desde este momento la santificaré y la ofreceré para tu servicio en el templo. Señor Dios de Israel, si te place y quieres mirar a esta humilde y empobrecida criatura y consolar a tu siervo Joaquín, concédeme mi oración y que en todo se cumpla tu santa y eterna voluntad”.

El santo arcángel Gabriel se le apareció a Santa Ana en forma humana más resplandeciente que el sol, y le dijo: “Ana, sierva de Dios, soy un ángel enviado del concilio del Altísimo, que con divina condescendencia mira a los humildes de la tierra. Lo bueno es la oración incesante y la confianza humilde. El Señor ha escuchado tus peticiones, porque las suyas están cerca de los que le invocan con fe viva y esperanza, y esperan su salvación.

Si Él tarda en escuchar sus ruegos y retrasa el cumplimiento de sus oraciones, es para disponerlos a recibir y obligarse a dar mucho más de lo que piden y desean. La oración y la limosna abren los tesoros del Señor, el Rey omnipotente, y lo inclinan a ser misericordioso con los que piden. Tú y Joaquín habéis orado por el fruto de la bendición y el Altísimo ha resuelto daros fruto santo y maravilloso; y con él os enriquecerá con dones celestiales, concediéndoos mucho más de lo que habéis pedido. Por haberos humillado en la oración, el Señor quiere engrandecerse concediendo vuestras peticiones: porque aquellos que con humilde confianza oran a Él sin menospreciar su infinito poder, son los más agradables al Señor.

La humildad, la fe y la limosna de Joaquín y de ti mismo han llegado ante el trono del Altísimo y ahora me envía a mí, su ángel, para darte noticias llenas de alegría para tu corazón: Su Majestad desea, que seas muy afortunado y bendecido. Él te escoge a ti para que seas la madre de aquella que ha de concebir y dar a luz al Unigénito del Padre. Procrearás una hija, que por disposición divina se llamará MARÍA.

Ella será bendecida entre las mujeres y llena del Espíritu Santo. Ella será la nube que derramará el rocío del cielo para refrigerio de los mortales; y en ella se cumplirán las profecías de tus antepasados. Ella será el portal de vida y salvación para los hijos de Adán”.

Después de la concepción del cuerpo que sería el de la Madre de la Gracia, Dios permitió un favor singular a Santa Ana. Tuvo una visión intelectual y muy exaltada de Su Majestad, en la cual, habiendo comunicado a su gran iluminación y dones de gracia.

Él la dispuso y la anticipó con las bendiciones de su dulzura. Purificando por completo, espiritualizó la parte inferior de su cuerpo y elevó su alma y su espíritu a tal grado, que de allí en adelante nunca se ocupó de ningún asunto humano que pudiera impedir su unión con Dios en todos los asuntos de su mente y voluntad, y nunca perdió de vista a Dios. Al mismo tiempo le dijo:

Que le dijo dios a santa Ana

“Ana, mi sierva, yo soy el Dios de Abraham, Isaac y Jacob: mi bendición y mi luz eterna está contigo. He creado al hombre para levantarlo del polvo y hacerlo heredero de mi gloria y participante de mi Divinidad. También derramé mis dones sobre él y lo puse en una posición y estado de alta perfección; pero él escuchó a la serpiente y lo perdió todo.

Por mi bondad y en cumplimiento de las promesas hechas a través de mis santos Profetas, deseo olvidar su falta de gratitud y reparar el daño, enviando a mi Unigénito como su Redentor. Los cielos están cerrados; los antiguos Patriarcas están detenidos, privados de la vista de mi rostro y de la vida eterna que se les ha prometido. La inclinación de mi generosidad es como si se estuviera esforzando en no comunicarse a la raza humana.

Ahora, en este tiempo quiero mostrar misericordia, dándoles la persona del Verbo Eterno, para que se conviertan en hombres, para que nazcan de una Mujer, que será Madre y Virgen, impecable, pura, bienaventurada y santa sobre todas las criaturas. De Ella, mi elegida y única, te hago madre.”

Santa Ana escuchó con profunda humildad la voz del Altísimo y con un corazón sumiso respondió:

“Señor, Dios Eterno, es la esencia de Tu inmensa generosidad y la obra de Tu poderoso brazo, para levantar del polvo a los pobres y despreciados. Me reconozco, Señor, una criatura que no merece tales misericordias y beneficios. ¿Qué hará este humilde gusano en tu presencia? Sólo Tu propio Ser y Tu propia grandeza podré ofrecer en acción de gracias, y mi alma y todas sus facultades en sacrificio. Utilízame, Señor, según tu voluntad, pues a ella me resigno por completo.

Deseo ser tan completamente tuya como tal favor lo requiera; pero, ¿qué haré yo, que no soy digna de ser la esclava de la que será la Madre del Unigénito y mi hija? Esto lo sé, y lo confesaré siempre: que soy una pobre criatura; pero a los pies de tu grandeza espero el curso de tu misericordia, que es un Padre bondadoso y el Dios todopoderoso. Hazme, Señor, digno a tus ojos de la dignidad que me otorgas”.

En el momento de la infusión del alma en el cuerpo de María santísima, el Todopoderoso deseaba que su madre, la santa Ana, sintiera y reconociera la presencia de la Divinidad de la manera más exaltada. Ella se llenó del Espíritu Santo y se conmovió interiormente con una alegría y devoción totalmente superiores a lo ordinario.

Estaba envuelta en un éxtasis exaltado, en el que se iluminaba con profundas inteligencias de los misterios más ocultos y alababa al Señor con nuevos cánticos de alegría. Estos efectos duraron el resto de su vida; pero fueron mayores durante los nueve meses en que llevó en su vientre el Tesoro del cielo.

Porque durante ese tiempo estos beneficios fueron cada vez más renovados y repetidos con continuas inteligencias de las Sagradas Escrituras y de sus sacramentos más profundos. Oh, mujer muy afortunada! Que todas las naciones y generaciones del mundo te glorifiquen y te llamen bienaventurada!

La fiesta de Santa Ana es el 26 de julio.

La información relacionada arriba es del libro “Ciudad Mística de Dios”, escrito por la Venerable María de Ágreda y que lleva el sello de un Arzobispo Católico. Son revelaciones dadas al santo incorrupto por la Madre de Dios, y escritas bajo el mandato de sus superiores. No puede haber duda de que Dios puede manifestar y manifiesta a las almas escogidas cosas ocultas además de lo que Él enseña a través del ministerio público de Su Iglesia.

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